Llegó como una niña con su tocadiscos bajo el brazo, lo puso en el suelo, y en cuclillas, ordenó los LPs que usaría al principio de cada canción.
Su sonrisa me recordó a la de una estatua que vi en Grecia, bueno, en una película de Truffaut, porque yo nunca fui a Grecia.

Las canciones iban cayendo como caen las hojas de érable en otoño en Canadá, salvo que era primavera y estábamos en el Puerto de Santa María, por lo que diremos arce y no érable, aunque me guste más la palabra francesa porque decir érable me hace saborear en la boca el sirope que se saca de la savia de este árbol.

Para los bises me acerqué al escenario, y cantó Si tu disais, y ella sabía que el público estaba más que prêt, preparado, pues la travesía estaba terminando.
Y tal como vino, se fue, y nosotros nos marchamos en silencio oyendo el ruido de nuestros pies pisando las hojas caídas de érable.