Hace tiempo que había perdido la ilusión por ir a grandes conciertos y desde entonces he disfrutado mucho de músicos anónimos que tocan en cualquier bar o pequeños festivales, sobre todo de jazz o blues. La música en estado puro, sin prejuicios ni expectativas.

Es por eso que ayer fui con reservas a ver un concierto de uno de mis músicos favoritos: Bob Dylan. Y puedo decir que fue una experiencia maravillosa.
El sonido era perfecto y se podía difrutar de cada uno de los instrumentos que tocaban los excepcionales músicos que le acompañaban. A veces te olvidabas del mito, y disfrutabas del country, blues, rockabilly que esa banda de forajidos estaban arañando a la noche jerezana.

Yo fui a ver dos horas de buena música en directo y no salí defraudado. Me daba igual que Dylan apenas mirase al público, que no se dirigiese a él, y que al final se despidiese de manera austera, aunque eso sí, dando la cara junto a su banda y mirando de frente al respetable.

Hubo momentos sublimes, de música preciosa, profunda, sugerente… Cada canción era un mundo, y el causante de todo esto era un hombrecillo que daba la impresión de estar disfrutando como un enano, haciendo lo que ama a sus casi 70 años.

Imagino que el que esperase bromas, guiños y condescendencia por parte de Dylan, se iría a casa con la sensación de que le habían timado 50 euros. Porque Dylan no es eso.

Ayer no me sentí público, sino respetable. Respetado por un señor que ama la música por encima de todo.


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