Nunca antes me había sentido tan sorprendida como aquella tarde en el teatro, cuando sin que se levantase el telón, empecé a oír a dos actores declamar desde las butacas de atràs, ataviados con sus trajes medievales, y moviéndose con ojos inquisidores por el patio de butacas sin ver a los sorprendidos espectadores.
“Es un truco”, dijiste, y seguiste toqueteando tu móvil. “Es un anuncio”, alguien comentó. “SShhhh, calla! A ver qué dan”.
Sin embargo el hechizo no se rompió, y los dos centinelas siguieron preguntando que quién andaba ahí, en la semioscuridad de la sala, para después proceder a subir al escenario, donde el telón había sido ya discretamente subido.

El telón no es como la tapa de un libro, que se abre y se cierra cuando queremos. Los centinelas de Hamlet, sobre el papel, necesitan que vayamos a la página donde se encuentran para cobrar vida y preguntar en voz alta ese “Quién anda ahí?”. Por contra, el teatro tiene esa fascinante cuarta pared que separa la realidad de la ficción, ese espejo de Alicia.

“Anda!”, pensé, “es como en la vida, donde hay gente que no sabe distinguir los anuncios que nos distraen, de cuando la tragedia va en serio”.

Hamlet