MúsicaJuly 9, 2008 5:09 pm

Hace tiempo que había perdido la ilusión por ir a grandes conciertos y desde entonces he disfrutado mucho de músicos anónimos que tocan en cualquier bar o pequeños festivales, sobre todo de jazz o blues. La música en estado puro, sin prejuicios ni expectativas.

Es por eso que ayer fui con reservas a ver un concierto de uno de mis músicos favoritos: Bob Dylan. Y puedo decir que fue una experiencia maravillosa.
El sonido era perfecto y se podía difrutar de cada uno de los instrumentos que tocaban los excepcionales músicos que le acompañaban. A veces te olvidabas del mito, y disfrutabas del country, blues, rockabilly que esa banda de forajidos estaban arañando a la noche jerezana.

Yo fui a ver dos horas de buena música en directo y no salí defraudado. Me daba igual que Dylan apenas mirase al público, que no se dirigiese a él, y que al final se despidiese de manera austera, aunque eso sí, dando la cara junto a su banda y mirando de frente al respetable.

Hubo momentos sublimes, de música preciosa, profunda, sugerente… Cada canción era un mundo, y el causante de todo esto era un hombrecillo que daba la impresión de estar disfrutando como un enano, haciendo lo que ama a sus casi 70 años.

Imagino que el que esperase bromas, guiños y condescendencia por parte de Dylan, se iría a casa con la sensación de que le habían timado 50 euros. Porque Dylan no es eso.

Ayer no me sentí público, sino respetable. Respetado por un señor que ama la música por encima de todo.


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LiteraturaJuly 7, 2008 5:39 pm

Nunca antes me había sentido tan sorprendida como aquella tarde en el teatro, cuando sin que se levantase el telón, empecé a oír a dos actores declamar desde las butacas de atràs, ataviados con sus trajes medievales, y moviéndose con ojos inquisidores por el patio de butacas sin ver a los sorprendidos espectadores.
“Es un truco”, dijiste, y seguiste toqueteando tu móvil. “Es un anuncio”, alguien comentó. “SShhhh, calla! A ver qué dan”.
Sin embargo el hechizo no se rompió, y los dos centinelas siguieron preguntando que quién andaba ahí, en la semioscuridad de la sala, para después proceder a subir al escenario, donde el telón había sido ya discretamente subido.

El telón no es como la tapa de un libro, que se abre y se cierra cuando queremos. Los centinelas de Hamlet, sobre el papel, necesitan que vayamos a la página donde se encuentran para cobrar vida y preguntar en voz alta ese “Quién anda ahí?”. Por contra, el teatro tiene esa fascinante cuarta pared que separa la realidad de la ficción, ese espejo de Alicia.

“Anda!”, pensé, “es como en la vida, donde hay gente que no sabe distinguir los anuncios que nos distraen, de cuando la tragedia va en serio”.

Hamlet