La vida debería ser tan sencilla como una novela de Dumas, donde el destino iría poniendo signos claros delante de nosotros para que acompañásemos a d’Artagnan y aunque nos temiésemos lo peor, siempre saldríamos airosos de todos los entuertos.
Todo el mundo debería tener un criado llamado Planchet, valeroso, paciente, y apañao, que iría a la tienda de la esquina por nosotros y nos prepararía una buena cena .
Nuestro jefe debería ser el señor de Treville, ese buen hombre que nos da días libres a nuestro antojo, y nos adelanta el sueldo si no llegamos a fin de mes.
Nuestros compañeros de trabajo serían los fabulosos Athos, Portos y Aramis, que nos cubrirían cuando llegásemos tarde a la oficina, y nos ayudarían con los balances que no cuadran y con el ordenador que se bloquea.
Y nuestros archienemigos serían astutos, pero no tanto como nosotros que, confiados en la fuerza de la amistad y en el valor de aquello invisible a los ojos, responderíamos a cualquier ataque siempre de forma contundente. Nuestros enemigos nos rodearían en un callejón de París, gritando “¡¡Pacto de competitividad!!“. Nosotros desenvainaríamos nuestras espadas y los haríamos retroceder. Otro día, paseando cerca del convento de Deschaux, nos encontraríamos de frente con los soldados de la patronal Richelieu, dispuestos a abaratar el despido con su reforma laboral. No sin sudar y sufrir algún rasguño, también les haríamos morder el polvo para su deshonra, con la certeza de que tras esto no se atreverían a retrasar la jubilación a los 67.
¿Alguien sabe en qué momento de nuestras vidas nos cambiaron Los 3 mosqueteros por 1984? ¿Cuándo desterramos de nuestras cabezas la idea de enfrentarnos a la autoridad y aceptamos la vida que banqueros y especuladores han decidido para nosotros?
Quizás la vida haya sido siempre así, pero los cuentos de ayer me siguen gustando más que los de hoy.