Como no sé qué escribir voy a contar algunas cosas de David, no voy a ponerme a contar mi vida, porque no es mi blog.
Yo a David lo conozco de coincidir por aquí en el bloque y poco más. Tenemos en común que a los dos nos gusta la poesía, y hablamos mucho del tema. Lo que pasa es que suele ser en el ascensor, y como él vive en el primero, sólo nos da tiempo a hablar de Haikus. Pero está guay. A veces tengo que estar un rato dándole al botón para que no se cierre la puerta, porque no nos acordamos del último verso. Es divertido, aunque siempre está la típica vecina coñazo que dice eso de “niño, deja ya el botoncito”. Yo intento ser educado y les digo que no interrumpan el recital por tres sílabas que faltan.
Aunque lleva viviendo aquí poco tiempo, David es muy popular en el bloque, pero no es algo que se haya propuesto, sobre todo porque todo el mundo le conoce por aquella junta de vecinos del 18 de marzo. Mis padres, que son propietarios, están un poco chapados a la antigua y dicen que pa aguantar tonterías se quedan mejor en casa viendo canal Sur. Así que soy yo el que va a las reuniones, más que nada, para no escuchar a Juan y Medio o a la María del Monte (canal sur debería llamarse Canal Sur y Medio). Ese día me sorprendió ver que el Deivid estaba allí, pues él no es propietario y nunca lo citan. Al llegar me saludó y me senté junto a él. “Me han dicho que van a protestar por lo del ascensor”, me dijo con tono burlón. Como a mí me daba igual, simplemente le dije que si se ponían muy pesados podríamos empezar a memorizar y recitar poemas épicos o la Iliada en griego antiguo, y que entonces, sí que iba a liar parda.
La reunión fue un coñazo, que si la vecina del 1°D tenía que dejar de tender la ropa en el pasillo, que si había que pintar la azotea, etc. No dijeron nada de los ascensores poéticos, pero sin embargo, en los ruegos y preguntas David levantó la mano y dijo lo siguiente:
“Hola amigos vecinos y vecinas. Como saben no soy propietario y estoy aquí como simple residente en el bloque. Doy las gracias a Paco, el presidente, por haberme dejado asistir a la reunión y por haberme dejado hacer uso de la palabra”.
Algunos vecinos empezaron a mirar la hora. “Ojú picha, ahora éste”, oí que decía uno por detrás. David continuó:
“Desde hace unos meses vivo en el 1°C, y tengo un bebé de 4 meses en casa. Mi piso da a la entrada del edificio y quería llamar la atención sobre una costumbre que he observado que tienen ustedes aquí en Chiclana.”
“Dale caña pichita que es pa hoy”, volvió a decir la voz que ahora reconocí como la de Julito, del 3°B, o el increíble Jul, como yo le llamo desde que lo vi una vez enfadado porque le habían dado un toque a su coche con una bola de rulot (todo el mundo sabe que la gente la pone para joder, màs que para llevar un remolque).
“Como les decía”, prosiguió David, “y espero que no les moleste a ustedes mi comentario, que intentará ser constructivo, he observado que cuando alguien viene a recoger en coche a alguien del bloque, normalmente se para delante del piso, toca el claxon, y espera a que baje quien sea. Esta operación se repite si la persona no baja. En fin, que como ahora tengo al niño y todos sabemos lo que cuesta dormir a un bebé…”
“Verdad que sí”, dijo Gracia, la solterona del 1°F.
“Pues eso, dado que esto ocurre a cualquier hora del día, a veces incluso tarde por la noche, pues propongo que digamos a las personas que vengan a recogernos que nos den un toke al móvil, o simplemente que se bajen y llamen al telefonillo del vecino que sea, en lugar de moles… esto, en lugar de tocar el claxon. Se trata simplemen…”
No había terminado la frase, que todos rieron en voz alta y se levantaron, recogiendo las sillas.
“Ya decía yo, jaja”.
“Qué bueno, ja ja ja”.
“Jaja, por eso hablaba así, estaba de coña.”
David me miró estupefacto, y tuve que explicarle que la gente había pensado que se trataba de una broma, pues al ser algo que todo el mundo hace, no podían creer que alguien pudiera quejarse, pues tarde o temprano ese alguien quejica se encontraría en esa situación de ser llamado por el claxon de un amigo.
Desde ese día hay vecinos que cuando ven a David por el pasillo le hacen “Pit pit!”, el sonido de un claxon en tono burlón, y levantan el dedo pulgar sonriendo. Y me cuenta David que la gente que viene a recoger en coche a vecinos ya incluso le conocen, pues cuando se paran delante del bloque tocan el claxon y miran en dirección al 1°C, y si ven a David, lo saludan con una sonrisa y levantando el pulgar como forma de amable saludo al tipo que habla raro del 1°C.
En fin, yo tengo mi teoría sobre todo esto, y la pondría aquí si fuera mi blog, pero creo que por hoy, ya he cumplido.